A Josefina y a Freddie

    Muchas veces nos cuesta decir “no”, pero ese “no” es necesario. Con mi amigo Alex aprendí que significa “nueva oportunidad”. Es difícil que después de poco más de un año mi ex me siga pidiendo una oportunidad (pero no nueva) y yo tenga que seguir respondiendo “no”. Me hace recordar aquel estribillo que coreábamos las niñas en el recreo: “Vuelve el perro arrepentido, con su mirada tan tierna, con el hocico partido, con el rabo entre las piernas…”

   Hay que estar en mis zapatos para comprender cuán difícil es. El que haya cambiado tanto (es un hombre nuevo, dice él) no es suficiente para subirme otra vez a ese bote. Por más sincero que sea, por más que diga que me ama, por más terapia que esté dispuesto a tomar, por más que insista que puede esperarme el tiempo que sea si se lo pido: respondo “no”. Me costó mucho separarme y murió tanto de mí en ese proceso que no quedó nada que pueda revivirse. Ya llegarán nuevas oportunidades para ambos, por separado.

   Ahora soy yo quien guía mi propia embarcación y llevo mi salvavida asido al pecho (con nombre y apellido). Me he acostumbrado a la paz, a la soledad y a que mi hija y yo somos una familia (aunque pequeña). Ella es feliz cuando está conmigo y también es feliz cuando está con su papá. Me consta por la cara de alegría que muestra cuando lo nombra, por lo contenta y dispuesta que se va con él, casi sin mirar atrás para despedirse de mí. Cuando está conmigo también la veo feliz. Me persigue por todo el apartamento haciendo escantes, juega todo el tiempo, baila, canta y no cesa de sonreír (salvo cuando arma una perreta).

   Si viviéramos los tres juntos no creo que Sofía Valentina fuera tan dichosa. Por fortuna era muy pequeña cuando ocurrieron los sucesos más difíciles de la separación y no tiene memoria de eso. Pero ha tenido la oportunidad de disfrutar lo mejor de cada uno. Que sus padres vivan separados no le causa ningún pesar todavía y cuando llegue el momento lo entenderá. Comprenderá también que su papá y yo siempre nos querremos y estaremos unidos y por ella.

    Dicen que no se extraña lo que no se ha tenido. Así que ella no echará de menos vivir con mamá y papá, no le harán falta sus abuelos ni las reuniones familiares. En cambio yo sí extraño todo eso y muchas veces me agobia que sólo seamos ella y yo. Cuando los padres mueren es como si se cortara el tronco del árbol, quedan las ramas, pero cada una ha caído en distinto lugar, es difícil dar con todas a la vez y reunirlas.

   Según mi hija crece, me pregunto qué fiestas celebraremos y cómo lo haremos. Porque quiero cultivar un ambiente festivo en Navidad y en esas otras ocasiones que las familias conmemoran. Y me pesa, porque tengo poca iniciativa para esas cosas, pero me siento responsable de cambiar eso.

    Hay que celebrar la vida y también a esos amigos que son tan o más familia que los que comparten la misma sangre. Me abrazaré a ellos y a mi hija para sentir la energía sanándome y la alegría contagiándome. Y aunque duela decir “no”, lo seguiré diciendo cuando sea necesario y cada vez que lo pronuncie pensaré que ese “no” me ofrece una nueva oportunidad para amar más y vivir mejor.

    PD. Superaré la nostalgia y aprenderé a hacer de mi pequeña familia una gran familia.